El perdón
Una venia al perdón,
al exculpar las fallas.
No las ajenas, sino las propias,
las más difíciles de sanar.
Aquellas que cometemos con los sentidos trastocados,
tan inapropiados y hasta ridículos.
No nos damos cuenta hasta que la vida desacelera,
hasta que volvemos a nosotros...
cuando, por lo general, es demasiado tarde.
Una ardua arte: pedir perdón.
Perdonarse es otro calibre.
Es agua entre los dedos.
Hacemos un cuenco,
luego ni atisbamos su fuga.
Creemos superar,
suponemos olvidar.
Una carcajada, escenas de la vergüenza.
nadie las recuerda.
Tu sí, nada se te escapa.
Todo lo que dejas por ahí guardado,
sin ventilarlo lo suficiente,
es ropa mal seca.
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